Hoy tenía hambre y, entre vagancias y confianzas infundadas, decidimos ir a comer al sitioquenosepuededecir. Curiosa la cara de tu padre, y la de la camarera aún más. Segundos después de desplomar nuestros cansados cuerpos sobre las sillas, un brazo tembloroso apareció de entre las sombras (o las luces). Las cuerdas vocales de la injoven señora serían renqueantes si fueran piernas… pero por suerte o por desgracia eran ligamentos de la laringe cuyas vibraciones producen la voz. Sus agridulces palabras, por decirlo de alguna manera, producían escalofríos y repugnancia a la vez: “Toma, corazón mío, ¿sabéis lo que vais a beber? Bueno, apuntádmelo aquí cuando lo sepáis. Ahí tenéis la carta”.
Obviaré la primera (que acabaría siendo definitiva) impresión que tuve de la persona. Algunos minutos más tarde volvió a aparecer con las bebidas (francesas, por cierto) y se llevó las libretillas donde apunté (bendito el momento en que lo hice) “Patatas Kebab” y “Nuggets de Pollo”.
El mismo brazo nervioso que tiempo atrás había irrumpido en el cálido clima que reinaba volvió a hacer su tímida aparición. “Toma, corazón mío. ¿Falta algo?”. “Sí, mis nuggets”, indiqué con la inseguridad típica del novato que compra droga por primera vez. La respuesta fue tan esperanzadora como coherente y lógica: “¡Ay, sí, mis nuggets!”. ¡Oh dios! ¡Oh dios! ¡¡¡Oh dios!!! Viene al rato con su plato naranja con forma de molde de pez para hacer, valga la redundancia, peces en la arena de la playa y desaparece con una malévola sonrisa y con una mirada que, junto a las gafas al estilo Luis Aragonés, le da un aspecto cuanto menos estremecedor.
O estaba buena la comida o llevaba la suficiente sustancia dopante (digámoslo eufemística y erróneamente) para no percibir sabores inesperados.
Pago y fuga.
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