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lunes, 17 de enero de 2011

Otra historia sin final

Él sólo era un empleado. Con seguridad el favorito del director, pero al fin y al cabo sólo un empleado. Su vida transcurría con tranquilidad en la oficina, y sus primitivas aspiraciones a la jefatura de ésta se habían disipado totalmente hacía tiempo. Comprendía que el mandato no estaba hecho para él, que sería más feliz siendo un trabajador vulgar a la vez que ligeramente privilegiado. Pero donde hubo fuego quedan cenizas.
Siempre contaba con lo que muchos de sus compañeros querían poseer. Jugaba al golf asiduamente con el jefe y el director, su elevado sueldo mensual lo situaba en una clase media-alta. Le permitían ciertos retrasos y, por supuesto, algunos días salía temprano. Su vida amorosa era sencillamente satisfactoria, simple. No era un enamorado de las mujeres ni un alocado perseguidor del placer. Podría decirse en terminología docta que follaba cuando le salía de los putos cojones.
A veces las palabras salen solas. Volviendo al trabajo, un buen día, en el que como de costumbre llegaba con no más de una docena de minutos de retraso, comenzaron a extenderse una serie de rumores que lo colocaban en la jefatura. Su encomiable labor en la empresa era indiscutible, y no era de extrañar un futuro ascenso. Pero su situación actual era cómoda, y es por eso que le desagradaba la idea de ocupar el puesto de su superior (y amigo).
Un día, sin previo aviso, lo cual es redundante porque el aviso tiene que ser anterior al hecho para ser un aviso, aviso, y no posterior. Un día, sin previo aviso, su jefe fue despedido, y la incertidumbre se acentuó en la oficina. Parecía un secreto a voces la destitución, por una parte irracional, ya que no había motivos para ella, del superior en favor del joven empleado.
“¿En serio vas a ser nuestro nuevo jefe?”. “¿Pero por qué han echado al jefe? Si iba todo bien”. Sus camaradas sospechaban, él se molestaba. No quería ser jefe. ¿Para qué ser jefe? Es un trabajador normal, feliz, corriente, contento con su puesto. No necesita un puesto superior.
Pero las tentaciones (de poder) son muy grandes. El ascenso parece inminente y lo vive con miedo. Nadie debería haberle sacado de su sitio, sus aspiraciones estaban asimiladas, en su cabeza no cabían dudas. Sabe que un mayor cargo conlleva mayores responsabilidades, y con ellas el joven es incapaz de vivir. No se quiere ver en esa situación, no quiere desbancar a su antiguo jefe y amigo.
Todo sería más fácil si él volviera. Pero injusta e irremediablemente está ahora despedido, y parece que tiene poca vuelta atrás.

sábado, 15 de enero de 2011

Un buen título

Érase ninguna vez un delantero adicto a marcar. Su calidad era mundialmente reconocida y muchos clubes lo querían en sus filas. Su estilo pulido a la hora de jugar y su olfato goleador lo hacían único. Era el único jugador que después de hacer un hat-trick no decía que lo importante es que habían conseguido tres puntos, sino que expresaba su encanto con los tres goles y señalaba que quería seguir haciendo muchos más.
De repente una serie de crisis morales propiciaron una transformación crucial en su manera de jugar. Su facilidad para llegar a puerta contrastaba con su plena incapacidad para anotar. Cuando se veía delante de la portería con todo hecho no podía evitar lanzar la pelota fuera. Sus actuaciones eran incomprensibles. Era el mismo, no tenía carencias en el juego, pero ese pequeño defecto lo mataba.
Ni siquiera él comprendía lo que le pasaba. En el campo no era capaz de hacerlo, pero luego en casa el remordimiento le comía lentamente. Si es que se le puede llamar así a lo que sentía. Tus pensamientos se volvían firmes: “En el próximo partido marco, no voy a hacer más tonterías. Necesito el gol, no estoy bien si no lo tengo. No sé cómo he podido hacer eso. No volverá a ocurrir”. Pero ocurría.
Sus amigos no lo entendían: “Pero si lo tienes todo para marcar, ¿a qué esperas?”. “Tío, no seas tonto, marca ya porque se te va a hacer demasiado tarde y luego no te va a querer ningún equipo”.
Actualmente es calientabanquillos izquierdo. Todos esperan el día que vuelva a marcar. Él también lo espera. Pero nadie sabe cuándo llegará.

jueves, 13 de enero de 2011

Natividad en negro, natividad en sangre

¡Oh, sí!
La gente dice que mi amor no puede ser verdadero. Pero por favor, mi amor, créeme y te demostraré que no es verdad. Te daré todas esas cosas que una vez pensaste que no existían. El sol, la luna, las estrellas... todo lleva mi sello.
¡Oh, sí!
Por eso sígueme ahora y nunca te arrepentirás. Deja la vida que tenías antes de conocerme y ven conmigo. Eres la primera en recibir todo mi amor, quiero estar contigo hasta el final de los tiempos.
Pero tu sentimiento por mí tiene que ser completamente verdadero antes de comprometerme a amarte de esta manera.
¡Oh, sí!
Ahora que te tengo aquí conmigo entre mis brazos nuestro amor se dispara. Cada segundo, cada minuto, cada hora nos queremos más. Mírame a los ojos, verás quién soy realmente. Mi nombre es Lucifer. Por favor, agarra mi mano.

do you feel good?

Érase un superhéroe. Un superhéroe del que nunca se ha escrito, un superhéroe desconocido, pero un superhéroe al fin y al cabo. Un superhéroe. Con superpoderes, su perfume y su perchero. Salvaba a las personas que querían vivir, y encarrilaba a las que preferían morir. Todos estaban contentos con él –para no estarlo–  y vivían llenos de felicidad y paz gracias a sus mágicas intervenciones. No existía la criminalidad, la tristeza, la muerte.
Una sola persona había conseguido repartir alegría a miles de ellas sin pedir nada a cambio. La admiración y la envidia crecían cada día, era el ídolo local. De hecho, todos querían ser como él excepto él mismo. Bajo su máscara, su capa y su traje se escondía un pobre desgraciado. Su presencia era tan necesaria para el pueblo como incómoda para él. Cada mañana su vida se presentaba como un dilema, y tarde o temprano era preciso resolverlo, decidir si ser feliz o no ser nada.
Ahora sería demasiado típico matar al personaje. Empezando por el suicidio, los finales más recurridos serían una falsa transformación en su vida con su consiguiente efusiva felicidad, muerte intencionada con apariencia de asesinato, infarto de miocardio, resbalón y fractura craneal por patineta, intoxicación por kiwi en mal estado, invasión alienígena con defunción por cansancio en el exterminio y deceso por mala operación de incremento de pecho.
Pero esta historia no tiene final. No porque se pretenda cautivar al lector –que de seguro no lo conseguirá por su pésimo estilo y su peor y reiterada trama–, sino porque el autor vive en el mismo dilema. No sabe qué hacer con el personaje.
Ni tampoco con su vida.

domingo, 9 de enero de 2011

Primeros minutos

Son las seis de la madrugada. Hora a la que unos desgraciados tienen que levantarse y otros, tras una buena noche de fiesta, alcohol y drogas, se dirigen de vuelta a casa para follar dormir con su cónyuge/a, pareja/o, follamigo/a o compañero/a. Nuestro personaje es de los primeros, y cuando su sueño está en pleno apogeo, ya sea sexual o… de otro tipo que ahora no consigo recordar, unos redobles de batería  acompañados por una guitarra pesada cuyos acordes son horriblemente odiados resuenan en la habitación. “Pin, pin, pin, pon pon pon, pon”. Cada día que pasa los sonidos resultan más cacofónicos y las connotaciones negativas aumentan hiperbólicamente. El amigo se semi-incorpora de manera que su cabeza, de no ser por su patética inflexibilidad, tocaría las maltrechas rodillas. Realiza un desproporcionado esfuerzo por mantener sus ojos legañosos abiertos al tiempo que le asaltan el cerebro los pensamientos más absurdos y contradictorios: “En el autobús me voy a acurrucar y voy a seguir durmiendo”, o “Hoy me voy a sentar solo en clase y como me hable alguien lo voy a mandar a la puta mierda”. Seguidamente adquieren estas ideas tintes responsables: “En el bus voy a estar todo el puto rato estudiando y luego por la tarde me voy a hinchar en la biblioteca. No voy a hablar con nadie”. Su testa es un torbellino de ideas sin sentido, y su cuerpo pierde poco a poco la fuerza para volver a caer dormido.
Sin embargo, a las seis y nueve minutos el abominable tambor vuelve con su ritual y despierta al joven de su sueño definitivo. Es hora de irse. Como medianamente puede, y no sin tambalearse, aterriza en el suelo de su habitación y comienza a pensar en la vestimenta adecuada para el día. “Hoy es jueves, para dos horas que tengo tampoco voy a ir muy arreglado”. Se sienta a los pies de la cama contemplado inquisitivamente su armario, a la espera de que las prendas salgan solas. Tras un ritual de unos cinco o diez minutos así, escoge dos o tres cosas y se las pone. “Estoy escuajaretao”, piensa. Suelen darse en estas ocasiones combinaciones tan interesantes como jersey Adidas y pantalón de pijama. Es imprescindible olvidar las gafas en la mesilla de noche para así no ver una puta mierda y tener que volverse una vez esté abajo.
Ya en el cuarto de baño, tras un accidentado descenso de escaleras, se hace un primer esbozo de peinado y extrae las legañas de sus miopes ojos. La leche que hay en la nevera suele ser insuficiente para llenar su taza de Cola Cao, por lo que debe agacharse –esfuerzo no gratificante a esas horas– para hallar un cartón de leche entero/a (¡oh!). Tras derramar contenido blanquecino por doquier en todos los rincones de la cocina, lo introduce lenta y nerviosamente en el microondas. Un minuto, tiempo corto para mear y largo para cualquier otra cosa. Opta por la micción. Después de esto, la leche está lista y caliente para echarle un polvo. Ha sido rápido, pero no me puedo quejar.
Continuará.


domingo, 2 de enero de 2011

Demasiado rápido.


Tras una agotadora (?) clase en instalaciones desconocidas, donde hemos hablado de montes y montañas y también de economía, me dispongo a salir del edificio. Cojo el móvil y, casi sin buscar, ya te he encontrado. Tras acercarme el aparato a la oreja, escucho tu voz: estás en casa y me pides que me dirija allí. Entro por la puerta de tu blanco hogar y me encamino a tu cuarto, vacío. No hay señales de vida humana. Voceo tu nombre y algunos segundos más tarde apareces gritándome. Sabes que me da igual. Me dices que me ponga cómodo, que coja lo que quiera. Abro el armario, extraigo de él como buenamente puedo el portátil. Voy a salir del cuarto. Pero me he dejado la funda. Antes de que cruce el umbral, corres hacia mí con ella. Entonces, intencionadamente, tropiezas y te precipitas hacia mí. No recuerdo si me hice daño, pero la situación cambió.
De repente estábamos tú y yo: yo arriba, tú debajo. Todo ocurre demasiado rápido. Me besas y te beso. Nunca había sentido especial atracción por ti, lo siento, pero hoy es diferente. Has alterado completamente mi sistema nervioso, las hormonas se disparan. Seguimos besándonos, y poco a poco desciendo por tu blanco cuello; tú me miras con tus sombreados ojos. Tu cuello se me hace pequeño, cada vez llego más abajo. Llego a tus pechos. Allí, todo ocurrió demasiado rápido. TODO. Demasiado rápido. Demasiado rápido.