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miércoles, 2 de marzo de 2011

El doctor Olaf

El Sr. Olaf no era una mala persona. De hecho, se le podía considerar todo lo contrario. Pero aquella noche se tomó una pequeña licencia para matar. Cuando tienes un mal día hay que pagarlo con alguien, y ese joven fue el mejor candidato.
Rápidamente se abalanzó sobre él. Sus gritos no le hicieron dudar. De un puñetazo le rompió varios dientes, sonrió y comenzó a apuñalarlo salvajemente: en el corazón, en el estómago, en los brazos, en el hígado, los riñones, en el páncreas, en el pene. Se aseguró que estaba muerto y empezó a patearlo; la cabeza, su lugar favorito. Una vez había desfigurado levemente su rostro, procedió de nuevo a sentarse sobre su zona púbica y usó la navaja como bisturí para abrir con lentitud y goce su agujereado tórax.
El Sr. Olaf disfrutaba como nunca. Estudiante de medicina, no se conformaba con las ilustraciones y los maniquíes, quería probar algo real. Sin titubear un segundo, perforó el cuerpo con sus vírgenes manos en búsqueda de órganos vivos que llevarse a la boca. Llevaba desde el mediodía sin comer, quería degustar las tripas del joven individuo y además comprobar si era cierto eso de que algunas partes del cuerpo son dulces. Cualquier visión descontextualizada sobre el señor recordaría a un bebé comiendo un yogur y no a un doctor en prácticas manducando un intestino.
De repente, dos cosas recorrieron su cuerpo. La primera un balazo que entró por la parte trasera de su riñón derecho. La segunda, una risa que se trasladó desde el vientre hasta las extremidades, una risa incontrolable que le hizo carcajear durante varios minutos. No podía sentirse más feliz. Era un hombre, un señor, un doctor realizado, había volcado todo su odio en un joven inocente y no sólo había acabado con sus penurias, sino que se sentía un ser superior.
En cuanto oyó las primeras sirenas de policía, huyó por el callejón y se enfundó el disfraz de Spider-Man para pasar desapercibido.

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