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lunes, 14 de marzo de 2011

Cosas que se dicen en días muy largos

Me trasladaba a un emplazamiento geográfico denominado La Colina. Como el doctor me aconsejó relacionarme con las gentes independientemente de su estatus económico para mejorar mi salud, hube de hacer uso del transporte público.
Mi asiento se ajustaba a mi intención de mantener la espalda recta y formar un ángulo de noventa grados en piernas y torso. A mi siniestra se situaba una señora con monturas gruesas y rostro arrugado por la edad, que rondaba las cuatro docenas. En frente de nosotros existía un hueco que, minutos más tarde, no vaciló en ocupar un desvergonzado señor de raza gitana.
Sus glúteos reposaron sobre la superficie del asiento cual plato de caviar en mi mesa de roble noruego. Inmediatamente comenzó a hacer una serie de muecas que me recordaron al chimpancé brasileiro que adquirí en una subasta de la última reunión de Davos. Tras extraer un fragmento de mucosa de su olfato, avistó a un joven con bicicleta. Reproduzco literalmente la conversación:
-¡Niñoooooo! ¿Tú que vienes de Torremolinos?”
-Sí.
-¿Y qué te has traído la bici?
-Sí, es que ahora se puede.
-Pues yo tengo una bici en mi casa.
-Vale.
-Una de aluminio. Pero a mí me timaron – de repente, para nuestra suerte o nuestra desgracia, giró su testuz hacia mi train-mate (perdonen el tecnicismo) – porque claro, yo me compré una bici y en la bici ponía Aluminii. Y tú ves eso y piensas que es de aluminio, pero no. Me timaron, porque por delante. Tú sabes dónde está la horquilla, ¿no? Pues esa parte, donde se forma el ángulo, era de hierro, pero yo pensaba que era de aluminio. Y detrás, donde está lo del freno de la rueda, también era de hierro. O sea, que era de aluminio nada más que el cuadro. Sabes lo que es el cuadro, eso que tiene forma de triángulo ­– su mano realizó en ese momento una de las demostraciones de triángulo más perfectas que he visto a lo largo de mi bioexistencia –. Pero yo no tengo la culpa, ¿o no? Yo no tengo la culpa de si la ponen de oferta, porque la ponen de oferta para vender más, pues yo no tengo la culpa de que la pongan de oferta para vender más y yo pues la compro.
Mi train-mate y yo no pudimos evitar soltar una tímida carcajada, pues la situación era tan desternillante como aquel día en que un pobre niño huérfano vino a pedirme agua del grifo a mi domicilio. Ahora que lo recuerdo, quizás debería haberme sentido ofendido, pues es denigrante hacia mi persona en dos aspectos: 1) Abrí personalmente la puerta y no mi mayordomo y 2) El pequeño dio por hecho que yo no tengo un filtro que me suministra agua directamente del Tíbet.
Volviendo al quid de la cuestión, todo esto sostiene la teoría que me sirvió para realizar mi tesis y doctorarme en la University of Harvard. Para que ustedes no se sientan acomplejados por no disponer del mismo grado de estudios que yo, he de decir que (además de que mi coeficiente intelectual es de 187’14) mi investigación, accesible sólo a unas pocas mentes privilegiadas, tenía su epicentro en la multiculturalidad y en el respeto de las pequeñas identidades culturales. Es por eso que utilicé como campo de estudio el Renfe Cercanías, donde encontré el mayor número de sujetos diferentes posibles y en el que también se produce la mejor convivencia cultural. Probablemente, si mi compañero de promoción Dominique Wolton hubiera observado esto con anterioridad, habría gozado de una vida mucho más exitosa.
Maxwell Smithers.

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