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sábado, 15 de enero de 2011

Un buen título

Érase ninguna vez un delantero adicto a marcar. Su calidad era mundialmente reconocida y muchos clubes lo querían en sus filas. Su estilo pulido a la hora de jugar y su olfato goleador lo hacían único. Era el único jugador que después de hacer un hat-trick no decía que lo importante es que habían conseguido tres puntos, sino que expresaba su encanto con los tres goles y señalaba que quería seguir haciendo muchos más.
De repente una serie de crisis morales propiciaron una transformación crucial en su manera de jugar. Su facilidad para llegar a puerta contrastaba con su plena incapacidad para anotar. Cuando se veía delante de la portería con todo hecho no podía evitar lanzar la pelota fuera. Sus actuaciones eran incomprensibles. Era el mismo, no tenía carencias en el juego, pero ese pequeño defecto lo mataba.
Ni siquiera él comprendía lo que le pasaba. En el campo no era capaz de hacerlo, pero luego en casa el remordimiento le comía lentamente. Si es que se le puede llamar así a lo que sentía. Tus pensamientos se volvían firmes: “En el próximo partido marco, no voy a hacer más tonterías. Necesito el gol, no estoy bien si no lo tengo. No sé cómo he podido hacer eso. No volverá a ocurrir”. Pero ocurría.
Sus amigos no lo entendían: “Pero si lo tienes todo para marcar, ¿a qué esperas?”. “Tío, no seas tonto, marca ya porque se te va a hacer demasiado tarde y luego no te va a querer ningún equipo”.
Actualmente es calientabanquillos izquierdo. Todos esperan el día que vuelva a marcar. Él también lo espera. Pero nadie sabe cuándo llegará.

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