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domingo, 2 de enero de 2011

Demasiado rápido.


Tras una agotadora (?) clase en instalaciones desconocidas, donde hemos hablado de montes y montañas y también de economía, me dispongo a salir del edificio. Cojo el móvil y, casi sin buscar, ya te he encontrado. Tras acercarme el aparato a la oreja, escucho tu voz: estás en casa y me pides que me dirija allí. Entro por la puerta de tu blanco hogar y me encamino a tu cuarto, vacío. No hay señales de vida humana. Voceo tu nombre y algunos segundos más tarde apareces gritándome. Sabes que me da igual. Me dices que me ponga cómodo, que coja lo que quiera. Abro el armario, extraigo de él como buenamente puedo el portátil. Voy a salir del cuarto. Pero me he dejado la funda. Antes de que cruce el umbral, corres hacia mí con ella. Entonces, intencionadamente, tropiezas y te precipitas hacia mí. No recuerdo si me hice daño, pero la situación cambió.
De repente estábamos tú y yo: yo arriba, tú debajo. Todo ocurre demasiado rápido. Me besas y te beso. Nunca había sentido especial atracción por ti, lo siento, pero hoy es diferente. Has alterado completamente mi sistema nervioso, las hormonas se disparan. Seguimos besándonos, y poco a poco desciendo por tu blanco cuello; tú me miras con tus sombreados ojos. Tu cuello se me hace pequeño, cada vez llego más abajo. Llego a tus pechos. Allí, todo ocurrió demasiado rápido. TODO. Demasiado rápido. Demasiado rápido.

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