Son las seis de la madrugada. Hora a la que unos desgraciados tienen que levantarse y otros, tras una buena noche de fiesta, alcohol y drogas, se dirigen de vuelta a casa para follar dormir con su cónyuge/a, pareja/o, follamigo/a o compañero/a. Nuestro personaje es de los primeros, y cuando su sueño está en pleno apogeo, ya sea sexual o… de otro tipo que ahora no consigo recordar, unos redobles de batería acompañados por una guitarra pesada cuyos acordes son horriblemente odiados resuenan en la habitación. “Pin, pin, pin, pon pon pon, pon”. Cada día que pasa los sonidos resultan más cacofónicos y las connotaciones negativas aumentan hiperbólicamente. El amigo se semi-incorpora de manera que su cabeza, de no ser por su patética inflexibilidad, tocaría las maltrechas rodillas. Realiza un desproporcionado esfuerzo por mantener sus ojos legañosos abiertos al tiempo que le asaltan el cerebro los pensamientos más absurdos y contradictorios: “En el autobús me voy a acurrucar y voy a seguir durmiendo”, o “Hoy me voy a sentar solo en clase y como me hable alguien lo voy a mandar a la puta mierda”. Seguidamente adquieren estas ideas tintes responsables: “En el bus voy a estar todo el puto rato estudiando y luego por la tarde me voy a hinchar en la biblioteca. No voy a hablar con nadie”. Su testa es un torbellino de ideas sin sentido, y su cuerpo pierde poco a poco la fuerza para volver a caer dormido.
Sin embargo, a las seis y nueve minutos el abominable tambor vuelve con su ritual y despierta al joven de su sueño definitivo. Es hora de irse. Como medianamente puede, y no sin tambalearse, aterriza en el suelo de su habitación y comienza a pensar en la vestimenta adecuada para el día. “Hoy es jueves, para dos horas que tengo tampoco voy a ir muy arreglado”. Se sienta a los pies de la cama contemplado inquisitivamente su armario, a la espera de que las prendas salgan solas. Tras un ritual de unos cinco o diez minutos así, escoge dos o tres cosas y se las pone. “Estoy escuajaretao”, piensa. Suelen darse en estas ocasiones combinaciones tan interesantes como jersey Adidas y pantalón de pijama. Es imprescindible olvidar las gafas en la mesilla de noche para así no ver una puta mierda y tener que volverse una vez esté abajo.
Ya en el cuarto de baño, tras un accidentado descenso de escaleras, se hace un primer esbozo de peinado y extrae las legañas de sus miopes ojos. La leche que hay en la nevera suele ser insuficiente para llenar su taza de Cola Cao, por lo que debe agacharse –esfuerzo no gratificante a esas horas– para hallar un cartón de leche entero/a (¡oh!). Tras derramar contenido blanquecino por doquier en todos los rincones de la cocina, lo introduce lenta y nerviosamente en el microondas. Un minuto, tiempo corto para mear y largo para cualquier otra cosa. Opta por la micción. Después de esto, la leche está lista y caliente para echarle un polvo. Ha sido rápido, pero no me puedo quejar.
Continuará.
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