Érase un superhéroe. Un superhéroe del que nunca se ha escrito, un superhéroe desconocido, pero un superhéroe al fin y al cabo. Un superhéroe. Con superpoderes, su perfume y su perchero. Salvaba a las personas que querían vivir, y encarrilaba a las que preferían morir. Todos estaban contentos con él –para no estarlo– y vivían llenos de felicidad y paz gracias a sus mágicas intervenciones. No existía la criminalidad, la tristeza, la muerte.
Una sola persona había conseguido repartir alegría a miles de ellas sin pedir nada a cambio. La admiración y la envidia crecían cada día, era el ídolo local. De hecho, todos querían ser como él excepto él mismo. Bajo su máscara, su capa y su traje se escondía un pobre desgraciado. Su presencia era tan necesaria para el pueblo como incómoda para él. Cada mañana su vida se presentaba como un dilema, y tarde o temprano era preciso resolverlo, decidir si ser feliz o no ser nada.
Ahora sería demasiado típico matar al personaje. Empezando por el suicidio, los finales más recurridos serían una falsa transformación en su vida con su consiguiente efusiva felicidad, muerte intencionada con apariencia de asesinato, infarto de miocardio, resbalón y fractura craneal por patineta, intoxicación por kiwi en mal estado, invasión alienígena con defunción por cansancio en el exterminio y deceso por mala operación de incremento de pecho.
Pero esta historia no tiene final. No porque se pretenda cautivar al lector –que de seguro no lo conseguirá por su pésimo estilo y su peor y reiterada trama–, sino porque el autor vive en el mismo dilema. No sabe qué hacer con el personaje.
Ni tampoco con su vida.
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