Desde hace muchos años existe algo en los institutos que ni las legislaciones gubernamentales ni las catástrofes naturales han podido cambiar: las clases de Geografía. En estas horas, tan poco emotivas y atrayentes para los estudiantes, se tratan aspectos de la vida tan necesarios como la tasa de mortalidad infantil, el cauce medio de los ríos, los climas tropicales o las pirámides de población en forma de campana. Pero al no verme con la capacidad intelectual suficiente para criticar este tipo de clases, me centraré exclusivamente en un conocimiento que, desde mi modesto punto de vista, es innecesario para los alumnos. No es otro que la memorización de los mapas, ya sean físicos o políticos. Y os preguntaréis, ¿por qué? Pues bien, lógicamente no me atrevería a emitir un juicio tan arriesgado y precario sin haberlo meditado con anterioridad, y a continuación expondré los razonamientos que me han llevado a esta teoría. En primer lugar, por todos es sabido que la Tierra, tal y como la conocemos, está en constante devenir y cambio. La teoría de la deriva continental ha demostrado que las placas litosféricas se mueven cada año algunos centímetros a causa de las corrientes de convección, y al igual que hace millones de años los cinco continentes -Asia, América, Europa, África y Oceanía, por orden alfabético- que hoy tenemos eran uno, Pangea, en un futuro lejano tendremos una superficie terrestre completamente diferente a la actual. Quizás el Mar Mediterráneo sucumba y dé paso a la Cordillera Mediterránea, que sería frontera natural entre España y Libia, o la región del Tíbet se transforme en un gélido océano. A lo que quiero llegar con esto es que los profesores se engañan agarrándose a un conocimiento incierto y que no tiene un futuro definido. Si la geografía mundial va a cambiar, ¿para qué estudiar un mapa que sabemos que va a cambiar no dentro de mucho, con la consiguiente obligación de tener que estudiar otro? Es un saber desprovisto de pilares, que no se sustenta en nada. Puede que no me haya explicado del todo bien, así que pondré un ejemplo más práctico. Hay personas que, ya sea por diversión o por obligación, memorizan poemas de autores de renombre, como la famosa canción del pirata de Espronceda ("Con diez cañones por banda / viento en popa a toda vela / no corta el mar sino vuela / un velero bergantín.."-. Imagínense ahora que hay que ir memorizándolo desde el mismo momento en el que el poeta empieza a escribir, y cada borrón o tachón que haga es una palabra retenida que hay que desechar. Absurdo, ¿no? Pues en esto me baso. Insisto, modestamente, en forzar al gobierno de España, socialista y decadente, a prohibir el aprendizaje de los mapas geográficos.
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lunes, 3 de octubre de 2011
martes, 12 de julio de 2011
De piratas
Su película favorita: Piratas del Caribe. Su sueño: ser navegante.
Aquella noche era como cualquier otra. El joven, de nombre Agripino, se dirigió a su camastro y, una vez recostado, comenzó a fantasear. Poco a poco iba cerrando los ojos y se imaginaba a sí mismo en una gran carabela.
Era un día lluvioso y la cubierta se encontraba tan resbaladiza que bien se podría colocar un cartel de aviso. Nuestro compañero estaba allí., cumpliendo su sueño. Era el timonel. El capitán del barco, un señor de pelo marrón, canoso y con bigote, se dio la vuelta y, con un gesto de terror en el rostro, gritó en altas voces: “¡¡¡TODO A ESTRIBOR!!!”.
El joven, de nombre Agripino, procedió a girar violentamente el timón hacia la izquierda. Le dio tres o cuatro vueltas completas. Sin embargo, era tan poser de la navegación que no sabía si para virar a estribor había que tomar la izquierda o la derecha. De hecho ni siquiera sabía si los movimientos debían ser así o, por el contrario, había que rotar el timón levemente como si de un coche se tratara. La ilusión, por tanto, se tornó en una inseguridad asesina.
La situación, predestinada al fracaso, empeoró cuando escuchó el clásico “¡¡¡IZAD LAS VELAS!!!”. Emprendió la carrera hacia un lugar donde se hallaban varias cuerdas, agarró una de ellas y se dejó caer hacia atrás para tirar más eficientemente de ella. Como se puede adivinar tampoco sabía con exactitud qué era lo que estaba haciendo. Es por eso que durante un momento deseó que todo fuera una pes
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domingo, 5 de junio de 2011
Desengaño amoroso
Como un rayo precipitándose contra y partiendo el cráneo de un transeúnte. Como un Ferrari un coche rápido pasando a mi lado. Con esa imprevisible fugacidad decidiste prescindir de mi compañía. Al igual que en su día dijo Bertrand Russell, descendí del cielo en el que me encontraba para volver a la realidad, a un mundo dominado por la crueldad y la miseria. Caí a un pozo sin fondo del que nadie me podrá rescatar.
Siempre dijimos que éramos como el imperio romano. Poderoso, inquebrantable, estable, unido… pero nunca me había parado a pensar en cómo acabó el imperio romano. Dividido en dos. El primero, el occidental, sucumbió rápido ante las acometidas bárbaras; el segundo, el bizantino, resistió en la penuria varios siglos más. Exactamente como nuestro amor: tú te has dejado vencer y yo sigo luchando.
Te preguntarás qué tengo ahora mismo en la mente. Bueno, o quizás no. En cualquier caso te lo diré. Estoy destrozado. Me has arrancado el corazón de un mordisco como si de una manzana se tratara. Y lo que es peor: no te has encontrado medio gusano. Ni siquiera uno. Ni siquiera el holocausto. Mi vida ahora es el Mundo Sensible de Platón al lado de tu paraíso de las Ideas. Un reflejo malo, imperfecto, inservible y engañado.
¿Acaso alguien te ha querido, te ha cuidado, te ha alegrado los días, te ha dado el desayuno en la cama y te ha hecho sentir una dama como yo? CREO QUE NO, VAYA, HIJA DE PUTA. Perdón, no quería decir eso, mi amor. Lo siento, se me ha cruzado un cable y no lo he podido evitar.
Ahora se me vienen a la cabeza todos esos buenos momentos. Aquellas tardes patinando en la pista de hielo, los muchos amaneceres en la playa agarrados de la mano, esos pelillos que inexplicablemente se quedaban en la tapadera del inodoro cuando acababa de usarlo*, nuestros paseos veraniegos por el parque donde comprábamos cucuruchos y sonreíamos…
Poco más tengo que decirte. Has sido, sin duda, el amor de mi vida. Nunca encontraré a alguien como tú: tan sincera, alegre, divertida… Lo tenías todo y me dejaste sin nada. Me ha encantado conocerte y espero que algún día, cuando te des cuenta de lo que de verdad quieres, vuelvas a mí. Mientras tanto, seguiré esperándote.
Ha sido una semana increíble.
*Aclaración: ese fragmento no tiene absolutamente nada que ver con lo que estaba contando, pero es petición expresa de un gran amigo.
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