Sufría de un papiloma en el pie izquierdo y es por eso que sus andares eran renqueantes. Tenía una extraña (o no tan extraña) fobia a los médicos que le hacía abstenerse de ir a las consultas. También temía a las enfermedades, pero eso no le dotaba del suficiente espíritu racional como para plantearse las cosas dos veces. Y lo peor de todo es que él lo sabía.
Hecha esta reflexión, conviene decir que paseaba aquella noche por una urbanización extraña y oscura. El olor a orina estaba presente y tenía intención de ocultarse hasta que a la mañana siguiente el jardinero hiciera sus labores. Caminaba rápidamente presa del terror paranoico que le invadía siempre que estaba lejos de su casa a horas donde la criminalidad asciende hiperbólicamente. Además, había advertido obiter la presencia de un extraño ente que, bajo los efectos del alcohol y seguramente de algún tipo de estupefaciente, le seguía con discutibles intenciones. “Será otra de mis imaginaciones”, pensó.
El sucio caminito le conducía hacia una plaza. El zigzagueo del senderillo y las ramas salientes le impidieron vislumbrar en primera instancia a un viejo hombre que se andaba en su dirección con dos bolsas de basura en la mano. El susto fue terrible, pero rápidamente se tranquilizó. Nunca habría pensado que ese inocente señor llevara dos rifles ocultos. De hecho, no los llevaba.
Pensó en advertir del peligro al anciano, pero la creencia de estar equivocado le hizo ser cómplice del asesinato que se produjo segundos más tarde. El hombre fue sorprendido con las manos ocupadas y poco pudo hacer ante su verdugo, que le embistió salvajemente y lo desplumó a navajazos como si de una almohada se tratara.
El joven asustado y asustadizo huyó y llegó a casa jadeante y exhausto de la carrera. Agradeció la sonrisa de su madre, aunque su expresión cambió cuando escuchó las primeras palabras de su madre: “Hola, hijo. ¿Has visto a tu padre? Ha salido hace un momento a tirar la basura”.