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viernes, 1 de abril de 2011

Manueletus García

Dicen que Dios nació hace 2011 años, aunque yo tengo la sensación de haber vivido sólo 18. Todo empezó hace docena y media de ciclos solares, cuando aparecí de la placenta de mi querida y modesta madre. Realmente digo “querida” por cumplir, ya que desde pequeño aprendí que los sentimientos son una debilidad del ser humano que requiere ser extirpada con la mayor prontitud posible.
A los 3 años conocía el alfabeto español, el egipcio y el griego, e incluso diseñé uno propio que me aceptó la Real Academia de Alfabetos Internacionales dos lustros más tarde, a mis 13 años. Me gradué en Ciencias Geofísicas y Matemática aplicada a la bioquímica por la universidad Harvard con 16, lo cual consideré un fracaso por dos motivos: la residual calificación (9’6 puntos) y mi longeva estancia en la universidad (la friolera de 26 meses para 78 estúpidas asignaturas que me aportaron un conocimiento incompleto). Es por eso que me licencié en 4 universidades más (Cambridge, Oxford, Columbia y Málaga).
Independientemente de mi carrera escolar, también tengo una vida en casa, donde aprovecho cada instante para leer las obras de Noam Chomsky y Armand Mattelart, que si bien pecan de inmadurez intelectual, contienen una serie de ideas interesantes que refuté cuando estudiaba primaria. Los teóricos se rindieron ante la evidencia y, desde ese momento, se dedican a la compra-venta de zapatillos y a aprender otros idiomas afrancesados.
Con 7 años publiqué mi primer libro, Genealogía de la autotransmisión, y he transformado el arte de escribir en uno de mis vicios más secretos. Es por eso que nadie sepa que he producido más de 600 libros, siendo los más vendidos Reminiscencia idiomática, La idiosincrasia de la proliferación y Las masas como objeto retrógrado del bienestar.
¿Mis objetivos en la vida? Aprender, aprender y aprender. Alcanzar el máximo conocimiento posible en este débil cuerpo, que en mi caso más que en ninguno es una cárcel para el alma y, si fuera posible, donar mi cerebro a la ciencia.

PD: los colores seleccionados en el austero diseño de la página tienen todos un porqué. El blanco y el negro son el ying-yang, el equilibrio necesario entre cuerpo y alma para gozar de una vida reposada. El azul es otro factor para la calma, ya que simbolizan el mar y el cielo, lugares perfectos para disfrutar de la lectura o la composición literaria. El naranja representa a la fruta homónima, a la vitamina C, a la vitalidad que produce su consumo, una metáfora de la robusteza intelectual que se adquiere con la consumición de obras y la recibida con la ingestión del alimento.