En el tren. En frente de mí, un hombre rubio, probablemente extranjero, con la mirada perdida. Tiene pinta de borrachillo, y el mensaje de su camiseta lo corrobora: “Si vous lisez ce message apres 4h00 du matin, merci de m’appeler un taxi”.
A su lado, un grupo de cinco jóvenes: tres chicas y dos chicos. Una es guapa, bastante; las otras dos no lo son nada. Parece que los chavales compiten por ella, mientras que las menos agraciadas se disputarán al despechado. Ahora sacan las Blackberries. Parece que, sin funda de color pálido cual globo, las Blackberries no son Blackberries. Blackberries.
El extranjero se baja en Guadalhorce. Una pena. Mientras tanto, la buenorra le entrega al chico que se ha quedado de pie, el que no tiene sitio en los asientos de cuatro, un papel para que se lo tire a la papelera. Le queda claro que lo tiene en el bote.
La chica que se sienta a mi izquierda me mira extrañada. Quizás le interese lo que escribo, le guste mi coletilla o le sorprendan las pintas que llevo hoy. Desde luego, indiferente no deberían dejar a nadie. Ahora se ha levantado. Se va a bajar y veo que le había echado 15 ó 20 años menos. Genial.
Me siento solo. Todos de pie y yo sentado. A lo mejor (más bien a lo peor) es que estoy muerto y no me ven. En cualquier caso, me bajo.
Adiós.
PD: Segundos más tarde comprobé que no había acertado prácticamente nada, pero prefiero mantener la intimidad de los protagonistas y no revelar datos íntimos.
jaja muy bueno
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