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lunes, 27 de agosto de 2012

Multa.

Había método en su demencia, en la imprudente manera de rebasar, uno a uno, a todos los vehículos que circulaban por el estrecho casco antiguo de la ciudad. Descifrando trayectorias imposibles, consiguió arribar finalmente a los alrededores del ambulatorio. A tiempo. Nada necesita tanta puntualidad como una ecografía, pensaba, y por ello había desafiado a la Muerte con su vida. Después un par de rodeos, la dicha se torno desgracia. Ni una sola oquedad en la franja habilitada para el aparcamiento. Por si no fuera poco, la angostura de la manzana anulaba el clásico recurso de la doble fila cuando, de repente, salida de la nada, presentó sus credenciales la zona para minusválidos. Se escondía allí, disfrutando tímidamente de la penumbra, mostrando sus encantos a los atrevidos como él. Nunca antes se había sentido tan atraído por un objeto inanimado, incorpóreo. Además, se antojaba improbable la posibilidad de multa dado lo recóndito del lugar, la brevedad del estacionamiento y la incapacidad del policía para discernir entre vehículo autorizado o no. La decisión estaba tomada.
Minutos más tarde, unos quince, nuestro piloto regresaba a sus fieles aposentos con una mueca de satisfacción. No podía imaginar lo que le esperaba hasta que, a dos metros de su vehículo, clavó las rodillas en el suelo. En la luna principal, con su frugalidad habitual, colgaba un papel con tres dígitos claramente destacados. Nueve, cero, cero. Lo habían multado. No podía explicarse la innata sagacidad del policía de turno para realizar dicha proeza. ¿Cómo lo había sabido? No pudo sino resignarse a sufragar el coste de la sanción.
No fue hasta tres años después cuando vio la luz. Sufría de parálisis, y su mujer lo conducía hasta aquel ambulatorio. Una nueva ecografía determinaría la gravedad de su embarazo psicológico. Ya postrados frente al aparcamiento de minusválidos, una motocicleta de alta cilindrada obstaculizaba el estacionamiento. Una moto, pensó, ¿cómo va a montar un paralítico en moto?
Y entonces lo comprendió todo. Porque aquél fue su último día en moto.

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