Ha llegado una época cargada de connotaciones. Ha llegado la Navidad. Sin duda, junto con el verano, uno de los períodos favoritos de los niños y probablemente uno de los más odiados por los universitarios, que aprovechan el tiempo y “estudian” para los exámenes de enero y febrero. De hecho, algunos incluso lo emplean para estudiar.
En Navidad las familias se reúnen, se abrazan, se besan, se vuelven a abrazar, duermen, festejan, se emborrachan, conversan, se vuelven a emborrachar… Todo –o casi todo– es felicidad.
El momento álgido llega con los regalos. Todos los padres disfrutan como niños al ver la cara de emoción y alegría de sus críos, y ellos viendo la recompensa a su “ejemplar y caritativo” comportamiento.
La pregunta es: ¿Papa Noel o Los Reyes? ¿Cuándo se debe regalar a los pequeños? La tradición dice que el 6 de enero, pero San Nicolás la ha hundido prácticamente en estos últimos años. El motivo se podría explicar con el viejo refrán que dice que “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Cuanto antes se hagan los regalos, más tiempo hay para jugar con ellos. Además, la tradición últimamente está cayendo en picado. El mismo Santa Claus era antaño verde y su color fue sustituido por el interés y la fuerza de Coca Cola.
Yo me decanto por el Viejito Pascuero como premio gordo y por los Reyes de Oriente como objeto simbólico para no olvidarse de lo que un día fuimos.
Nada más.